Bajo precipitado del vagón del metro. A pesar del frío otoñal de la calle, los pasillos del subsuelo de la ciudad soportan un calor muchas veces agobiante. En uno de ellos una muchacha joven arrimada a una publicidad de un banco, interpreta una conocida melodía con su violín. Algunos nos detenemos para escucharla, otros continúan su camino, y son bastantes quienes, esclavos de sus auriculares que les aíslan triste y peligrosamente del entorno, parecen estar caminando sobre otro planeta. Dejo caer una moneda sobre una desgastada caja de cartón que delante de la intérprete parece reclamar ayuda. No hace mucho leía un artículo en el cual un periodista, narrando una situación similar, decía sentir lástima del músico. A mí, sin embargo, me da lástima quien es incapaz de detenerse para apreciar el arte de quien trabaja con un instrumento musical y ve, en los músicos de calle, simples adornos o muebles sin vida.
En época de crisis la cultura no es un bien necesario. Con esta frase lapidaria los responsable públicos justifican su actitud de verdugo ante una realidad cultural que tardará más de veinte años en normalizarse. Aunque claro, cuando ves que las personas dependientes se quedan sin subvención alguna, cuando los enfermos crónicos deben de pagar las medicinas que les ayudan a sobrevivir, cuando los desahuciados de unos bancos rescatados buscan donde pasar la noche y de donde sacar dinero para seguir pagando la casa que ya no es suya, cuando los millones de desempleados observan con desasosiego el fin de los subsidios y el desierto laboral que nos circunda… plantearse planes de desarrollo cultural no parece una acción de extrema necesidad. Pero los artistas, aquellos que trabajan, estudian y se esfuerzan día a día por compartir su trabajo con los demás, con el único propósito de hacer felices a quienes les escuchan, les ven, les leen.. a éstos se les impide hacer su trabajo con la mínima dignidad que deberían.
En época de penurias, según nuestros mandatarios, la gente no tiene derecho a sonreír, a sentirse bien, a ilusionarse con un buen libro, a pasear por un museo, a vibrar con el sonido de un buen concierto, a disfrutar de una buena película en una sala de cine, a empatizar sentimientos con los actores de un escenario... Tal vez, los que velan por eso que llaman el estado del bienestar, piensan que las emociones no son productos de primera necesidad, y que el conocimiento y crecimiento cultural de la gente puede hacer temblequear los cimientos de sus posiciones privilegiadas. Será por eso que han convertido a los artistas en una especie de bufones medievales a los que se les tira un mendrugo de pan y un par de huesos roídos para que continúen animando la opípara fiesta de los poderosos. Y lo que es más triste, algunas entidades que representan a artistas simulan perros falderos arrastrando su hocico entre las piernas de nuestros mandatarios buscando beneficios personales más que colectivos.
Y es que posiblemente el mayor de los recortes es el de la inteligencia. La poca que les queda a quienes nos representan en las instituciones públicas, la utilizan para mermar la de nuestros jóvenes con ganas de aprender, formarse y realizarse. Éstos buscan salir de aquí para poder sobrevivir. Son gente que ama su tierra, su cultura, su lengua, pero que no se siente respaldada por quienes dicen velar por sus intereses. Se están labrando campos propios de una gran fertilidad cuya cosecha será aprovechada por otros, mientras los nuestros permanecerán en un aletargado barbecho.
Estamos en plena época de Navidad, momentos de reunión y de crueles soledades, de recuerdos y de olvidos, de risas y de llantos…; tiempo de esperanza en un nuevo año que no se preconiza con buen agüero. Sin embargo, como decía García Márquez, los artistas que todo lo creemos, nos negamos a admitir el fin de las utopías. Las utopías auténticas que acercan nuestro trabajo al hombre, al bienestar que se consigue cuando todos lo tienen, al respeto por las lenguas y las culturas que aportan nuevas visiones de la realidad sin ser mejores ni peores, a la tolerancia por aquellos que siendo diferentes pueden ser cómplices de acciones de desarrollo mutuo, a la solidaridad con aquellos que han tenido menos suerte y que nos ayudan a entender que somos más ricos desde el momento en el cual tenemos menos cosas. Un pincel, una frase, una melodía, un fotograma… son las mejores armas para combatir la ignorancia y pueden llegar a ser el mejor abono para la ternura.
(José Rafael Pascual Vilaplana es compositor y director de orquesta)


















