Hará tres o cuatro años, que uno de mis lectores me daba las gracias y me decía cuanto bien le estaban haciendo mis escritos, que le gustaban mucho y estaba aprendiendo algunos textos de la Biblia que contenían enseñanzas de nuestro Señor Jesús, y me proclamaba con su entusiasmo la razón que había de llamarle Maestro, porque sólo Él usaba el método de las parábolas, y que le gustaría que algún día tratase una de ellas, y ha pasado el tiempo y hasta ahora lo que he tenido olvidado ha vuelto a mi mente, y para poder acceder a todos los lectores, voy a explicarles que las parábolas, según el Diccionario son “narraciones de sucesos fingidos, de las que se deduce por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.”
Y este sistema de enseñanza que usaba Jesús, nos ratifica en el pensamiento de que fue uno de los maestros más excelsos de la narración, y que como contestó una niñita a su maestra en la clase bíblica, “una parábola es una historia terrenal con un significado celestial.” Permitidme pues, que os ofrezca una magistral de Jesús” “El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. Parte cayó entre pedregales, donde no había mucha tierra, y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero cuando salió el sol se quemó y, como no tenía raíz, se secó. Parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga.” Entonces los mismos discípulos de Jesús le pidieron que la explicara y Él les dijo: “Cuando alguno oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el malo y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. El que fue sembrado en pedregales es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo, pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra y se hace infructuosa.
Pero el que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta y a treinta por uno.” No me queda mucho sitio para hacer ningún comentario, solamente que nos hagamos la pregunta: ¿Cómo está cayendo la semilla de la Palabra de Dios en mi corazón? ¿Tendrá suficiente “profundidad de tierra” para germinar y dar fruto? Mi deseo para cada uno de los lectores, es que rindan su corazón al Señor, puedan llenar a tope su alfolí, y obtengan la vida eterna. Sé “tierra buena.”


















