Llega otra vez a la sombra del recuerdo, agosto diecinueve, tantos años ya muerto, con la furia de los calores del estío ya destronado del pedestal de la vida, ya huido ante el ruido infernal de los fusiles en aquella madrugada sangrienta, repleta de silencios antiguos en el barranco de Viznar. Sólo el murmullo del aire y el chasquido de las armas viejas en la tierra remota del crimen, tantas veces evocando el fatal suceso, caminando en la madrugada los condenados que eran cuatro, Federico junto al maestro nacional Dióscono Galindo y dos banderilleros. Volcados los cuerpos en la osamenta de los vencidos, cubriéndolos de tierra y de odio en aquellos días cuando los generales africanistas querían ser salva patrias bajo el terror de las armas, dando órdenes de matar en la polvareda de los caminos – eran los Trescuatros y sus secuaces — a los que no comulgaban con sus ideas redentoras.
Surge el icono de la tragedia cuando llega el recuerdo de la fecha del diecinueve al veinte de este mes. Escarbada la tierra ahora en tiempos de democracia no se han encontrado los cuerpos corrompidos de los muertos de aquella fatal madrugada. Era Federico García Lorca todo un personaje instalado en el cenit de la lírica española del siglo veinte que estuvo iluminado por la gracia de los elegidos, muerto a una edad tempranera como un mártir sobrecogido por la fatalidad de las circunstancias que ha sido llevado por el destino a la cumbre de la inmortalidad. Pasado el tiempo después de su muerte nadie se atrevía a invocar su memoria en aquella Granada con tufos de sacristía, tan repleta de miedos y feroces represalias circulando por los ambientes; sólo el silencio como meta para el olvido. En la década de los años cincuenta surgió algún osado hispanista extranjero que a fuerza de confraternizar con la gente del lugar indagaba sobre la verdadera personalidad de Federico y el ambiente de la ciudad. Ahora transcurrido el vendaval del temor se van descubriendo nuevos personajes íntimos en la biografía del poeta. El nombre de una criatura veloz en el celo de la ventura donde se destinaba todo el furor apasionado de García Lorca cuando escribió sus “Sonetos del amor oscuro”, aquellos versos escondidos en los cajones del miedo y que clamaba su aparición vivificadora en la prosa de Vicente Aleixandre como “prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad y de tormento” en esa última obra poética de Federico, inspirada en el fluir del delirio apasionado a su amante joven, “aquel rubio de Albacete” que en su romance a él dedicado, le decía que “era rubio de los trigos, hijo de la verde aurora”.
Remembranzas del ayer en la historia de la poesía que tanto nos entusiasma a los que amamos profundamente la palabra escrita. Federico dicen que era desprendido, cautivador, fabuloso y mítico. Siempre recordado, leído y cantado por las voces sensibles de los líricos, por eso existe esa ansiedad para vigorizar su memoria en estos días a la sombra del recuerdo.
Presencia viva en sus escritos, mirada al ayer en su partida definitiva de la tierra andaluza en aquella madrugada fugitiva, sin mal para morir tan tempranamente con la furia de la metralla en el límite del absurdo y de una ira asolada hacia un ser tan desprendido de bondad, derramando tanta genialidad en lodos los instantes de su vida que fue cortada de raíz en un día aciago del mes de agosto.


















