Hay niños que al nacer no tienen la suerte de encontrar una familia capaz de dar respuesta a todas sus necesidades, a veces, ni las más básicas, como comer, dormir y recibir algún beso perdido.
Son padres que arrastran toda una serie de capas de fracasos, a veces propios, y otros de naufragios heredados de sus propios padres. Esos niños sin adecuados padres, ní abuelos, nacen abocados al sufrimiento y a trasladar a otros hijos esa herencia de espinas. No todos caen, alguno tiene suerte y encuentra la puerta del laberinto y, aunque cosido de cicatrices, es capaz de romper esa cadena que estrangula el futuro de la infancia.
Otros son ayudados por las Instituciones Públicas municipales, pero como la sociedad no las apoya, éstas saturadas y escuálidas, no siempre aciertan en la respuesta que estos niños heridos necesitan; a veces por curar un problema generamos otros nuevos como desarraigo, desasosiego, falta de identidad... etc.
A otros niños las Instituciones Públicas de Protección les salvan, al aportarles educadores en esos Centros de Acogida donde por primera vez descubren el valor de una sonrisa y el poder terapéutico de un limite que canalice su energía dolorida, otros pueden encontrar una familia alternativa que les ofrezca lo mejor que tienen, una casa normal donde respirar tranquilidad, aunque la mochila de traumas que cargan estos niños a veces, les impulsa a desaprovechar esa nueva oportunidad que les ofrece la vida.
El dolor interno, ese que no es de fractura, de herida o de golpes, es muy difícil de tratar, no vale una única medicina, una sola terapia, ni un solo enfoque. Muchas veces se habla de fracaso de las Instituciones o fracaso de los recursos, pero aún con ese porcentaje inevitable, resultan imprescindibles. Lo que resulta ineludible es aportar alternativas a esta infancia rota, trabajar por prevenir los problemas, y también aportar muchos y diferentes recursos, unos servirán a unos niños, otros a otros, unos recursos servirán para una edad, y los que no, habrá que intentarlos en otra edad, no hay ciencia exacta que cure los dolores del alma, las soluciones nunca vendrán de la mano de un solo recurso, siempre requerirán la cooperación de varios de ellos a la vez, y de otros muchos de forma sucesiva, ello requiere compromiso para generar presupuestos que los garanticen. También requerirán de una hoja de ruta que organice su orden y secuencia, la combinación de estos recursos será la clave para solucionar los problemas de cada niño. Aquí no valen medicamentos genéricos, hay que ir a la tradición de las boticas antiguas, se hacen medicamentos por fórmulas magistrales, adoptadas al dolor específico de cada niño. Cada uno reacciona de manera distinta a una misma desatención, al mismo abandono, unos se encierran en su propio interior, otros gritan su rabia contra los otros, aunque sean quienes les ayudan, otros profundizan en su dolor con cadenas de nuevos errores, otros se aferran a cualquier apoyo aunque sea tóxico.
Esta infancia herida, antes de nacer, debería recibir el compromiso de toda la sociedad para evitar sus dolores y cortar esa cadena de marginalidad que se traspasa en herencia de generación en generación, reproduciendo dolores, tristeza y desesperación, la sociedad debería cuidarse de aquellos que han perdido todo, hasta la esperanza; esa capacidad de morir de dolor, causando más dolor a los demás debe ser evitada como la prevención más urgente.
Y también deberíamos apoyar a aquellos resilientes que han podido superar, contra todo pronostico, el sunami de una infancia rota, por una familia incapaz de cuidar a los hijos no siempre buscados. Hay niños que son capaces de vivir las experiencias más duras que nadie puede imaginarse, como ver maltrato entre los padres, ver la muerte violenta de algún familiar cercano. Pasar hambre en una habitación sin cristales ni mantas … etc., pero aferrándose a la propia sonrisa, son capaces de salir adelante en los estudios, recuperar el timón y orientar velas hacia una vida estable, que pueda proteger a sus hijos futuros.
La sociedad debe priorizar: o el rescate a los bancos o el rescate emocional para la infancia herida, y exigir recursos para garantizar sus Derechos, para prevenir su dolor, para cuidar sus necesidades y para reforzar su recuperación; para vivir con normalidad, esa dulce rutina que solo se valora cuando se pierde.
La sociedad debería cuidar más a esos niños invisibles que son como los tulipanes, la única flor que crece tras ser cortada.
Frente a esa infancia capaz de sobrevivir a los mayores horrores, que son capaces de dar las mayores lecciones de dignidad, se encuentra una sociedad inconsciente, que mira para otro lado para no ver ni ese dolor ni su esfuerzo de superación, que no esta a la altura moral de esa resistencia de la infancia excluida y que, rozando la indignidad, da otra vuelta de tuerca recortando programas preventivos, de intervención y de recuperación social de estos niños para construir su propio futuro.
Estos niños son capaces de crecer después de ser heridos, esta sociedad los hiere, les quita la medicina y les cierra el hospital. De estos polvos, ahogaremos los tulipanes en sus lodos. Después nos quejaremos cuando estallen las revueltas.
(ENRIQUE MARTÍNEZ PIERA. Trabajador social especializado en la infancia).