Unamuno, con esa su dialéctica malhumorada, decía aquello ya tan clásico de “me duele España” cuando la nación por aquel entonces se sostenía entre convulsiones políticas en medio de una pobreza cultural y aldeana que se sufría en los ambientes.
En estos tiempos actuales cualquier avispado progresista vive sumergido en la neblina del desconcierto, el más arrojado ciudadano que comulga a diario en el foro de un optimismo vital ha trastocado sus argumentos en una melancolía precipitada por culpa de la crisis que nos invade. Ahora todo individuo legal vive anclado en la sana esperanza de que esta situación desastrosa en la que estamos sumergidos algún día pasará. Los políticos son los primeros que se lo creen y lo demuestran en la retórica encendida de sus argumentos cara a la galería apesadumbrada de votantes que en su día les dieron el triunfo sonado en las urnas entre aclamaciones y banderas de victoria al posible salvador de nuestras desdichas que en la noche triunfal ya se creía invicto.
Aquellos votantes que prestaron su apoyo al triunfo de la derecha ya van demostrando su escepticismo, porque el tiempo transcurre inexorablemente y no se atisba ni en la más frondosa lejanía solución alguna ante la gravedad del problema que nos acucia. Todo son especulaciones. Don Mariano quiere leerse la letra menuda de los acuerdos impuestos por Bruselas, según dice para bien del país, y es que, como buen gallego, tarda en tomar una decisión, porque sabe demasiado bien como está el panorama de la economía con sus vaivenes catastrofistas y no se atreve a precipitarse en su resolución final. Lo va dictando poco a poco ante el arrojo sonoro de sus ministros que van navegando en un mar brioso, aligerando el temporal con recortes para la ciudadanía, buscando el fruto voraz del ahorro a costa de ese movimiento iluminado del bienestar ganado a través de años de sufrimiento y que ahora con la parquedad de un decreto aventurado en la prosa gris del boletín oficial queda instalado en las tablas del sacrificio como rendimiento solemne para que la nación funcione.
Se esperan nuevos y ofensivos tijeretazos para la economía del sufrido ciudadano. Es la vibración del rumor que va especulándose en este tiempo del estío con sus fuertes calores atormentando las sienes de la ciudadanía. Y es que lo tiene bien calibrado el señor presidente conservador desde su residencia veraniega al compás del verbo inflamado de sus asesores. Todo ello para cumplir con los mercados voraces que aúllan sin piedad, de esos mandamases de la vieja Europa que nos quieren administrar con sus órdenes y sentencias el porvenir perdido en la incertidumbre. Y ante ese aluvión gravoso que se nos espera la pericia cautelosa de don Mariano la demostrará en pequeñas porciones, creyéndose el insigne prócer que actuando de esta manera no revoluciona bruscamente al personal. Pero el ciudadano español es sabio e intuitivo y sabe de sobra lo que se le viene encima.
Y es que para llegar hacia donde se espera, consideramos que es ruin y escandaloso engañar al votante que honradamente ha depositado el voto en la urna, confiado en un programa electoral alardeado con el estribillo de las promesas en la lengua removida de los políticos. Así cualquiera triunfa en política. Por de pronto, entrando a saco en la fechoría de los recortes para llenar las arcas como un plan revolucionario para salir de la crisis. Esas reglas que los políticos en estas circunstancias se creen que son sagradas para gobernar, están en el descubierto del absurdo porque se apartan por completo de la rigidez cabal del progreso y de la ventura conquistada del bienestar a través de los años. Pero ellos argumentan sus razones.
Nosotros utilizamos la prestancia del comentario en un folio y medio con la infinita desolación del escéptico y el eco dolorido que, como don Miguel, sentía la amargura de su patria en lo más profundo de su corazón.


















