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José Antonio Blanes

Las fidelidades rotas

| 17-01-2013 | facebook twitter

En la época que gobernaba el señor Aznar con énfasis solemne de emperador por los votos obtenidos en las urnas, su esplendor de victoria metió a la nación en la guerra de Irak tras conseguir su adhesión inquebrantable hacia el señor Bush que mandaba por aquel entonces en los ampulosos dominios americanos. Abrazos y sonrisas verticales en el paisaje de las Azores cubrieron de orgullo a los conservadores patrios al contemplar desde la pequeña pantalla de los televisores como el amo americano reiteraba su cercanía de amistad hacia nuestro presidente, cubriendo su espalda con el brazo del insigne prócer como si se tratase de un compañero de correrías.

Aquello propició lo sombrío de una contienda, el desgarro de la crueldad con los misiles surcando los cielos sembrando la muerte como fechoría de victoria para aquel señor que dio enfático la orden de atacar como resultado final de sus enfados. Los españoles que no digirieron la gesta infame del combate en que estábamos envueltos tras ese fulgor de entusiasmo del gobernante, cubrían las plazas de las ciudades manifestando su rechazo a la vileza de una guerra impropia. Semana tras semana iban acudiendo en tropel la gente que no estaba de acuerdo con sus incesantes consecuencias bélicas. Estaba agrupada toda la inmensa muchedumbre menos los seguidores de la derecha, aquellos que no querían patentizar con su presencia el gesto del jefe por si las moscas y se quedaban impasibles en sus domicilios a verlas venir. Esa patética situación agudizaba, durante ese tiempo tan airado de movilización ciudadana un rubor de clandestinidad para los afiliados al partido conservador que callaban como un signo imprescindible y conmovido de fidelidad hacia la hazaña caótica del señor presidente. Como los tiempos cambian, esa formalidad disciplinada hacia las ideas del gobernante ya no es la misma. Lo del señor Aznar era como una sumisión a la barbarie crispada del señor Bush que se creía el redentor iluminado del orbe, lanzando sus misiles a otros lugares que por su lejanía no nos afectaban. De ahí esa justificación fiel y sin reclamo por parte de sus seguidores. Pero en estos tiempos que nos toca vivir la economía maltrecha asalta los inviernos crudos de la pesadumbre y el buen caballero que nos gobierna, don Mariano, lleva la incertidumbre agolpada a sus propósitos y de ahí ese retroceso hacia su figura de lider manifestada en la abrupta mayoría de votos que le hicieron conquistar el ansiado palacio de sus desvelos, ya a la tercera ocasión que por fin era huésped transitorio de la gran morada.

Y él por culpa de los recortes, de ese manejo de los decretos quitando subvenciones y derechos ahora está perdiendo la fuerza de la credibilidad. Ya no le aupan ni los fieles de siempre, porque está derribando la eficacia de los derechos, aquellos que ya son papel mojado en la carta magna de la Constitución. Por eso concurren en las manifestaciones los propios votantes de la derecha porque el porvenir les afecta demasiado y este hombre razona como un salvapatrias abrumado por sus propósitos a largo plazo, pero sobre todo en medio de ese marasmo de contradicciones va perfilando la gramática del boletín oficial que solo se obstina en restar las conquistas del ciudadano como única solución, sin otra alternativa, o sea, lo fácil sumando capital para las arcas a costa de los sacrificios, sin el logro eficaz de una esperanza que nos alivie.

Por eso la fidelidad ya no alcanza el volumen de los entusiasmos ante esa algarada solemne de los triunfos en la gran noche de los votos, porque ha llegado el declive de las aclamaciones. Ahí queda precipitado el viejo retablo de lo oscuro por tanto percance adverso que nos persigue. También por las mentiras pronunciadas por el señor que nos gobierna, agrupadas como un dossier para el gran día de la memoria. Todo ello sonando como un zumbido, insistiendo ante un constante malestar más doloroso que aquella propaganda altiva y belicosa del señor Aznar cuand estaba sumido en su propio delirio de grandeza, en la plena adhesión hacia el gran jefe, sintiéndose satisfecho tan sólo por el roce de amistad cubriendo su espalda con el idioma sonriente de una conspiración que tan solo ellos, los gobernantes, justificaban como una salvación.

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