Somos la generación más comunicada de la historia, con más herramientas a nuestro alcance pero, en realidad, más aislada en nuestro mundo individual. Solo así se explica que ante el atropello que han sufrido nuestros derechos en los últimos días sigamos impasibles, metidos cada uno en nuestra vida, sin reaccionar ante el ataque que estamos padeciendo. Las últimas medidas anunciadas por el Gobierno central, con la rebaja de la prestación por desempleo, el incremento del IVA y un sinfín de barbaridades más, han creado un patente malestar entre la población que aún no ha ido más allá. ¿Cómo va a mejorar la economía si bajan el poder adquisitivo de las personas subiendo el IVA y rebajando la prestación por desempleo? ¿Quién va a consumir? No se trata de trabajadores y empresarios. Esto nos afecta a todos porque si yo no consumo, el comerciante vende menos y compra menos productos a las empresas fabricantes. Y como consecuencia última, se destruye más empleo, se ingresa menos a la Seguridad Social en forma de cotizaciones y se paga más por las prestaciones de los parados.
Está claro que si los ingresos y los gastos no cuadran hay que hacer que encajen. ¿Pero el presidente del Gobierno y sus centenares de asesores no han reparado en que estas medidas lo único que hacen es asfixiar más al enfermo?
Estoy de la prima de riesgo, del tipo de interés del bono a diez años, de la Bolsa, de Angela Merkel, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Central Europeo y de todos los que se empeñan en hundirnos más y más hasta la coronilla.
Y no me hagan hablar de los bancos, a los que prestan 100.000 millones de euros mientras desahucian a las familias por no poder pagar o extrangulan a los pocos empresarios que siguen luchando negándoles los créditos. Pero ahí seguimos nosotros. Impasibles, hablando de rebajas, vacaciones y fútbol. Han ahogado nuestro espíritu crítico. ¿Nos han vencido? Mañana se verá.