¡Qué poco hemos saboreado la bonanza creyendo que siempre sería así! Si hubiese sabido lo que se nos venía encima, habría exprimido todavía más –si cabe- aquel crucero por el Mediterráneo, el viaje a Egipto, Lisboa o a Viena. Los recuerdo como acontecimientos únicos que repaso con las fotos captadas con mi primera cámara digital. Vivíamos por encima de nuestras posibilidades, cobrábamos bien y lo que era mejor, las perspectivas eran buenas y parecía que la vida sería siempre así. Trabajar 11 meses y descansar 1 entero. Viaje a cualquier rincón del mundo y despreocupación total.
Eso es lo que hemos conocido los de mi generación, sin Posguerras, Guerras ni grandes crisis. Al final, ‘tot torna al puesto’ y como dicen los mayores, hemos retrocedido casi 40 años en algunas cosas. La realidad es otra y lejos, lejísimos quedan aquellos viajes a otros continentes y aquellas escapadas de fines de semana largos. Volvemos a las vacaciones de la infancia, aquellas que se limitaban a estar en Alcoy dos de los tres meses alternando piscinas familiares con visitas a casitas de amigos.
El verano se redondeaba con un campamento con chirucas y saco de dormir en la Sierra de Cuenca y un eterno mes de agosto en la playa en el apartamento de los abuelos. Era un lujo salir a cenar un par de noches fuera de casa y a principios de mes llenábamos el carro de la compra con phoskitos, nocilla y algunas chucherías. Eso, junto a la Coca Cola, eran los manjares, los extras que teníamos que suministrar durante el mes. Seis o siete días al cine de verano con bocata incorporado, un día al parque acuático y otro especial a tomar fresas con nata en una heladería. Ese era el verano generoso y feliz de los años 80 en una familia media. Después vino la bonanza y la alegría desmesurada que duró lo que duró. No había agosto sin viaje ni verano sin caprichos.
Con la crisis todo ha cambiado, y en apenas dos años no nos reconocemos. Lo de descansar un mes entero es una utopía de ciencia ficción; dos semanas es un logro total.
No hemos retrocedido 40 años, pero si es cierto que –a la fuerza– hemos recuperado sensaciones y momentos perdidos y que resultan ser encantadores. Pasar un día en la playa, cenar en un restaurante una noche o visitar la casita de unos amigos para compartir un baño y una coca cola con hielo no tienen precio. Y así es como pasamos ahora el verano aquellos que tenemos la suerte de trabajar y gozar de vacaciones. En el apartamento de los abuelos, con un libro en la sillita escondida en el rincón del balcón donde corre el aire, sumergiéndote en las aguas congeladas de la piscina del Preventorio o saboreando un bocata de nocilla bajo los pinos de casa de la abuela. No hay mal que por bien no venga.


















